La otra crisis de Ceuta: consumo de psicofármacos y autolesiones entre menores migrantes
El consumo de psicofármacos sin prescripción, cannabis y otras sustancias, junto con las autolesiones, se ha convertido en una realidad cotidiana para numerosos menores extranjeros no acompañados que permanecen atrapados en Ceuta, según denuncia un informe publicado por la organización humanitaria No Name Kitchen (NNK). El documento, titulado Sobrevivir al limbo, sostiene que estos comportamientos no pueden entenderse como simples problemas individuales o de delincuencia juvenil, sino como respuestas a una situación prolongada de abandono institucional y sufrimiento psicológico.
La investigación, presentada en mayo de 2026, es el resultado de varios meses de trabajo de campo desarrollado entre mayo y octubre de 2025 y se apoya en cinco años de presencia continuada de la organización en la ciudad autónoma. Sus autores insisten en que no se trata de un estudio epidemiológico ni de una investigación clínica, sino de una recopilación sistemática de observaciones, testimonios y experiencias obtenidas mediante el acompañamiento diario de menores.
Uno de los datos que más llama la atención del informe es que el 32 % de los menores con los que trabajó diariamente el equipo de NNK presentaba signos visibles de encontrarse bajo los efectos de sustancias en el momento del contacto. Según la organización, esta cifra procede exclusivamente de la observación directa realizada por sus profesionales y no de pruebas médicas o toxicológicas, por lo que debe interpretarse como un indicador cualitativo de una problemática apenas documentada hasta ahora.
Los autores subrayan además que estos datos no son directamente comparables con las estadísticas oficiales sobre consumo de drogas entre adolescentes españoles. Mientras las encuestas nacionales preguntan por el consumo declarado durante el último mes entre jóvenes escolarizados, la investigación de NNK recoge situaciones observadas en tiempo real entre menores que viven en condiciones de extrema vulnerabilidad, muchos de ellos en situación de calle o alternando estancias entre los centros de protección y espacios improvisados donde pernoctan.
Una realidad apenas investigada
El informe sostiene que la situación de estos menores permanece prácticamente invisible tanto para la investigación científica como para las administraciones públicas. Según la organización, apenas existen estudios específicos sobre el consumo de sustancias y las autolesiones entre menores migrantes no acompañados en enclaves fronterizos como Ceuta, pese a que organismos europeos han señalado reiteradamente que los largos periodos de espera y la incertidumbre administrativa incrementan el riesgo de problemas de salud mental.
Para NNK, ese vacío estadístico no significa que el problema no exista, sino precisamente lo contrario: refleja la ausencia de mecanismos institucionales capaces de detectar, registrar y abordar estas situaciones.
La investigación identifica como sustancias más habituales el cannabis, la pregabalina y diversas benzodiacepinas, como el clonazepam o el alprazolam, medicamentos que requieren prescripción médica pero que, según los testimonios recogidos, circulan en el mercado informal a precios muy bajos. El policonsumo, especialmente la combinación de cannabis con benzodiacepinas o pregabalina, constituye uno de los principales factores de riesgo señalados por el informe debido a sus efectos sobre el sistema nervioso central.
Sin embargo, el documento insiste en que centrar el debate únicamente en las drogas conduce a una interpretación incompleta del problema.
«La pregunta no es únicamente qué consumen, sino por qué lo hacen», resume uno de los mensajes centrales del informe.
El «limbo» de Ceuta
La investigación sitúa el origen del problema mucho antes de la llegada a España. Muchos de los adolescentes entrevistados relatan trayectorias marcadas por pérdidas familiares, violencia, pobreza, desplazamientos forzados o experiencias traumáticas vividas durante el viaje migratorio.
Pero el informe sostiene que la situación empeora al llegar a Ceuta.
La ciudad autónoma constituye una de las principales puertas de entrada a Europa para jóvenes marroquíes que cruzan la frontera sin acompañamiento familiar. Una vez allí, muchos quedan bloqueados durante meses o incluso años, ya que no pueden trasladarse libremente a la península salvo mediante procedimientos administrativos específicos.
Ese tiempo de espera es descrito por los autores como un auténtico «limbo» administrativo y vital.
La investigación explica que numerosos menores terminan abandonando temporalmente los centros de protección para vivir en la calle o en asentamientos improvisados conocidos como piqueros, desde donde intentan sobrevivir pidiendo dinero, realizando pequeños trabajos informales o buscando oportunidades para embarcar clandestinamente hacia la península.
Según el informe, el consumo de sustancias y las autolesiones aparecen estrechamente relacionados con ese contexto de incertidumbre permanente.
Denuncias sobre el sistema de protección
Uno de los apartados más duros del documento está dedicado al funcionamiento de los centros de menores.
La organización recoge decenas de testimonios de adolescentes y antiguos trabajadores que denuncian hacinamiento, falta de actividades educativas, ausencia de atención psicológica suficiente, escasez de personal especializado y episodios de violencia física.
El informe también sostiene que algunos menores prefieren dormir en la calle antes que permanecer en determinados centros debido al clima de conflictividad que describen.
Entre las denuncias recogidas aparecen acusaciones sobre presuntos castigos físicos, deficiencias en la atención sanitaria, retrasos prolongados para acceder a servicios de salud mental y distribución irregular de medicación. La organización afirma haber documentado internamente numerosos casos mediante testimonios, registros y material audiovisual, aunque omite nombres concretos para proteger la identidad de los menores implicados.
Hasta el momento de la publicación del informe, las administraciones y entidades mencionadas no responden dentro del propio documento a estas acusaciones, que requerirían la correspondiente investigación administrativa o judicial para determinar responsabilidades.
Autolesiones como forma de supervivencia
Otro de los hallazgos más relevantes hace referencia a las autolesiones no suicidas.
Los investigadores explican que muchos adolescentes presentan cortes, quemaduras o mordeduras autoinfligidas que permanecen ocultos bajo la ropa. El informe evita interpretar automáticamente estas conductas como intentos de suicidio y las describe, en numerosos casos, como mecanismos de regulación emocional desarrollados tras experiencias continuadas de trauma.
La organización reconoce que no ha podido calcular la prevalencia real de estas conductas porque muchas lesiones permanecen ocultas y porque era imposible determinar si las observaciones correspondían a nuevos casos o a encuentros repetidos con los mismos jóvenes.
Precisamente esa dificultad para medir el fenómeno constituye, a juicio de NNK, una evidencia adicional de la invisibilidad institucional del problema.
Mucho más que un problema sanitario
Uno de los principales argumentos del informe consiste en rechazar una explicación exclusivamente médica del consumo de sustancias.
Los autores defienden que estos comportamientos forman parte de estrategias de supervivencia desarrolladas en un contexto de abandono prolongado. El consumo, sostienen, también cumple funciones relacionadas con la pertenencia al grupo, la construcción de la identidad adolescente y la búsqueda temporal de alivio frente al dolor emocional.
El documento recoge numerosos testimonios de menores que describen el consumo colectivo de pastillas o cannabis como una forma de socialización en un entorno donde las oportunidades educativas, deportivas o de ocio prácticamente han desaparecido.
Asimismo, alerta de que esa situación incrementa la vulnerabilidad frente a redes de explotación y delincuencia organizada que utilizan determinadas sustancias como instrumentos de control sobre menores especialmente desprotegidos.
Las recomendaciones
Frente a este escenario, No Name Kitchen reclama una reforma profunda del modelo de protección de menores en Ceuta.
Entre sus propuestas figuran el refuerzo inmediato de la atención psicológica especializada, la incorporación de equipos de reducción de daños, un mayor control sobre la prescripción y distribución de psicofármacos, el aumento de personal cualificado en los centros y la creación de actividades educativas y comunitarias que reduzcan el aislamiento de los adolescentes.
La organización también reclama mecanismos independientes de supervisión de los centros de protección y una investigación sobre las denuncias de malos tratos recogidas durante el trabajo de campo.
Más allá de las medidas concretas, el informe lanza una advertencia sobre las consecuencias de mantener el actual sistema.
Según sus autores, el consumo de sustancias y las autolesiones no representan el origen del problema, sino el síntoma visible de un modelo incapaz de ofrecer estabilidad, apoyo psicológico y perspectivas de futuro a menores que, formalmente, se encuentran bajo tutela del Estado.
El documento concluye que abordar únicamente las consecuencias sin intervenir sobre las causas estructurales —la incertidumbre administrativa, la precariedad de los recursos de acogida, la falta de atención especializada y las experiencias traumáticas acumuladas durante el proceso migratorio— supondría perpetuar un círculo de exclusión cuyos efectos terminan manifestándose en la salud física y mental de los propios adolescentes.
Con esta investigación, No Name Kitchen aspira a abrir un debate público sobre una realidad escasamente documentada y reclama que las instituciones competentes desarrollen estudios independientes capaces de dimensionar el problema y evaluar la respuesta del sistema de protección de menores en la frontera sur española.







































