Agricultores y taxistas comparten una misma lucha frente a la desregulación

Agricultores y taxistas, unidos frente a una competencia que juega con reglas distintas

El malestar que hoy recorre el campo europeo tiene un origen claro. Los agricultores denuncian que el acuerdo con el Mercosur abre el mercado a una entrada masiva de productos agrícolas a bajo precio, procedentes de países donde los estándares ambientales, sanitarios y laborales son mucho más laxos. Carne, pollo o azúcar llegan desde Sudamérica sin asumir las mismas exigencias que se imponen a quienes producen dentro de la Unión Europea.

Las consecuencias son directas y profundas. Competencia desleal, caída de precios, inviabilidad económica de miles de explotaciones y un progresivo abandono del medio rural, que pone en riesgo el equilibrio territorial y la soberanía alimentaria.

Una situación que los taxistas conocemos muy bien. Nuestro sector vive desde hace años un conflicto prácticamente idéntico.

Mientras el taxi cumple con licencias, seguros, fiscalidad, controles administrativos y obligaciones de servicio público, las plataformas digitales de transporte operan aprovechando vacíos legales y marcos regulatorios permisivos que reducen artificialmente sus costes y facilitan su expansión sin límites reales.

El resultado vuelve a ser el mismo. Competencia desleal, precarización de los trabajadores y un deterioro progresivo de un servicio público esencial para la movilidad urbana.

Dos sectores distintos, un mismo patrón

En ambos casos se repite una lógica preocupante. A quienes cumplen la normativa se les exige rigor, inversión y sacrificio. Al mismo tiempo, se permite la entrada de actores que no asumen las mismas reglas del juego, ya sea mediante acuerdos comerciales mal diseñados o mediante la falta de control sobre nuevos modelos empresariales.

La historia es conocida. Cuando las instituciones permiten o fomentan la desregulación, los primeros en pagar el precio son siempre los sectores que sí respetan la ley. Agricultores y taxistas se encuentran atrapados en esta misma contradicción institucional.

No es una cuestión de privilegios, sino de justicia

Ni el campo europeo ni el taxi reclaman trato de favor. Lo que se exige es algo mucho más básico: igualdad de condiciones para competir. Si se imponen normas estrictas en materia ambiental, sanitaria, fiscal o laboral, estas deben aplicarse a todos por igual.

Defender al agricultor y al taxi no es proteger intereses particulares. Es defender modelos productivos regulados, sostenibles y socialmente responsables frente a una desregulación que solo beneficia a quienes operan al margen de las reglas.

Si el campo europeo y el taxi cumplen, quien quiera competir en nuestros mercados y en nuestras calles debe cumplir también. Esa es la única base posible para una economía justa y equilibrada.